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Septiembre y la larga espera

Publicado el 2/09/2026

Por Iván Vargas

2 de septiembre. Hay una fecha en la que uno descubre que el verano se ha terminado aunque todavía haga calor. No viene marcada en el calendario. No es el día en que guardas el bañador ni aquel en que vuelves a dormir con una sábana encima. Es una mañana cualquiera en la que te subes al autobús y regresan de golpe todos sus olores: el perfume excesivo de alguien que ha salido de casa con demasiada prisa, el café que otro lleva en un vaso de cartón, el sudor de septiembre, que es un sudor especialmente injusto porque llega cuando uno ya daba el verano por amortizado. Miras por la ventanilla y ves cruzarse a unos que bostezan con otros que aceleran el paso para no llegar tarde. Hay niños todavía de vacaciones que caminan como si les quedara toda la vida por delante y padres que ya miran de reojo el día en que empieza el colegio.

Las terrazas siguen abiertas, pero ya no significan lo mismo. Uno empieza a buscar conciertos para octubre como quien esconde víveres en un refugio, porque algo tendrá que haber al otro lado de los lunes. Septiembre consiste un poco en eso, en aceptar. Aceptar el despertador, que el gimnasio vuelva a estar lleno de gente que en agosto debía de vivir en otro país y que harán falta dos cafés para hacer lo que hace quince días hacías con ninguno. Ordenar habitaciones, guardar cosas, encontrar otras que no recordabas tener y volver a descargar Wallapop con la esperanza de que algún desconocido quiera pagarte veinte euros por aquello que tú tampoco sabes por qué compraste. La rutina no vuelve de golpe. Va entrando en casa como entra el frío por una ventana mal cerrada.

Y en medio de todo eso vuelve también la Liga. O algo parecido, porque ayer, 1 de septiembre, cerró el mercado de fichajes después de que los equipos hubieran disputado ya tres jornadas. El fútbol moderno tiene estas cosas: primero empiezas el curso y después compras los libros. Así que este fin de semana comienza, en realidad, una Liga de 35 jornadas que el Rayo arranca con un punto y partido por la mitad. O por varias mitades. Los aficionados no sabemos cuándo volveremos a Vallecas ni, a estas alturas, dónde jugará el equipo mientras tanto. En la segunda jornada ya tocó exiliarse en Leganés y el próximo sábado ocurrirá lo mismo ante el Racing, con una imagen que resume bastante bien el momento que atraviesa el club: el Rayo jugando lejos de su casa mientras sus aficionados se manifiestan por las calles de Vallecas. No sabemos muy bien qué Rayo pretende construir el club después de haber tocado Europa con las manos y sabemos, eso sí, que el mercado que acaba de terminar ha sido probablemente el más decepcionante de los últimos años.

Hay una pregunta que inevitablemente aparece entonces: ¿hay equipo para salvarse? Creo que sí. Y no es un acto de fe. Queda la base, que en Vallecas significa mucho más de lo que parece. Siguen Isi, Balliu, Unai, Álvaro. Sergio Camello tocando la guitarra cuando marca un gol.

Siguen futbolistas que llevan años compartiendo vestuario, victorias, derrotas, viajes y seguramente secretos que nosotros nunca conoceremos. Un grupo de amigos, o algo suficientemente parecido a eso como para que desde fuera lo parezca. Y siguen vivos. Ante el Sevilla el partido se perdió por un penalti en el último minuto. Contra el Alavés, una victoria que parecía hecha se marchó en un error de Ratiu. Y después llegó el Barcelona. El Barcelona es el Barcelona. A veces el análisis táctico puede resumirse así.

Por eso no me preocupa demasiado la clasificación. Tres partidos son tan pocos que todavía caben en la memoria sin necesidad de mirarla. El problema no son los puntos. Es otra cosa. Es la ilusión. Hace apenas unos meses este equipo estaba jugando una final europea. Miles de rayistas viajaban por el continente como si alguien hubiese abierto durante un año una puerta que llevaba décadas cerrada. Fuimos a lugares que algunos tuvimos que buscar primero en Google Maps. Aprendimos nombres de estadios, aeropuertos, cervezas y calles que seguramente no volveremos a pisar. Durante unos meses, el Rayo dejó de ser solamente el equipo de nuestro barrio para convertirse en el motivo por el que mirábamos vuelos a ciudades donde jamás habíamos pensado ir.

Y cuando acabó todo aquello, cuando parecía que el club había llegado al rellano desde el que podía subir otro piso, decidió bajar un escalón. Eso es lo difícil de entender. Más de cuarenta millones de euros en ingresos, una final de Conference y una plantilla que pedía varios retoques para intentar que el sueño no fuese un accidente irrepetible. Y, sin embargo, la inversión ha sido prácticamente nula. Quizá dentro de nueve meses estemos celebrando otra permanencia y alguien diga que todo esto daba igual. Puede ocurrir. El fútbol tiene una capacidad extraordinaria para convertir los errores en genialidades y las genialidades en despidos. Pero incluso entonces quedará una sensación: la de haber tenido una oportunidad y no haberla aprovechado.

Septiembre sirve también para eso, para descubrir que algunas cosas no vuelven de las vacaciones como las dejamos. Los niños regresan al colegio un poco más altos, las camisetas del verano empiezan a quedar al fondo del armario, los días se hacen más cortos y uno vuelve al autobús, al gimnasio, al café, a Wallapop y a mirar el calendario buscando pequeños lugares por los que escapar. El Rayo también vuelve. Lo que todavía no sabemos es de dónde.