← Volver Publicado en

La Liga de Schrödinger

Publicado el 16/08/2026

Por Iván Vargas

Hay una cosa bastante útil que suele ocurrir cuando empieza una Liga: empieza la Liga. Los equipos juegan un partido, después otro, los aficionados vuelven a los estadios, la clasificación comienza a tener algún sentido y durante unas cuantas semanas  todos fingimos que lo sucedido el año anterior pertenece definitivamente al pasado.

No parece demasiado complicado. Este año lo estamos intentando de otra manera.

Los aficionados del Rayo Vallecano han sabido hace apenas unas horas dónde disputará su primer partido como local de la temporada. Será el jueves, contra el Alavés, en Butarque. En Leganés. El estadio de Vallecas seguirá cerrado y miles de abonados que pagaron hace unas semanas un abono para ver al Rayo jugar en Vallecas tendrán que desplazarse varios kilómetros para ver al Rayo jugar como local.

Podría parecer una anomalía. El problema es que estos días cuesta bastante distinguirlas.

Cuando termine el Rayo-Alavés, ambos equipos habrán disputado ya dos partidos de Liga. Para entonces habrá otros que todavía no habrán terminado ni siquiera la primera jornada. El campeonato comenzó con cuatro partidos durante el fin de semana, continuó con otro el lunes y tendrá uno más el miércoles. Para los cuatro restantes habrá que esperar una semana.

La primera jornada habrá empezado un fin de semana y terminará cuando la segunda ya esté prácticamente consumida.

Así que durante unos días convivirán en la misma clasificación equipos con dos partidos, otros con uno y otros con ninguno.

Todos jugando la misma Liga.

Más o menos.

Es una especie de campeonato de Schrödinger: ha empezado y no ha empezado al mismo tiempo. Depende del equipo al que uno mire.

Siempre existe una explicación. El Mundial explica unos aplazamientos. El césped explica Vigo. Las obras explican Vallecas. Las televisiones explican muchos horarios. Los calendarios, las instituciones y las necesidades de los clubes explican casi todo lo demás. Lo que cada vez cuesta más encontrar dentro de todas esas explicaciones es al aficionado.

Porque mientras unos equipos todavía están esperando para completar la primera jornada y otros preparan ya la segunda, hay otra cosa que tampoco ha terminado: el mercado de fichajes. La competición ha comenzado con unas plantillas y algunas de ellas serán bastante distintas cuando cierre definitivamente.

También nos hemos acostumbrado a eso.

Y seguramente ese sea parte del problema.

Jorge Salinas sirve estos días como una representación casi perfecta del absurdo. El domingo jugó con el Racing de Santander contra el Villarreal en El Sardinero. El Atlético de Madrid pretende ficharlo. Si la operación terminara produciéndose de inmediato, el calendario permitiría una imagen difícil de mejorar: Salinas podría enfrentarse dos veces al Villarreal como local, con dos equipos distintos y con apenas siete días de diferencia.

Un domingo, con el Racing.

Al siguiente, con el Atlético.

No habría ninguna irregularidad. Ese es precisamente el asunto.

Incluso, en el supuesto extremo de disputar después todos los partidos ligueros del Atlético, podría terminar participando en 39 encuentros de una competición en la que cada equipo juega 38.

Todo dentro de la norma.

Todo perfectamente legal.

Y todo bastante difícil de explicar.

Quizá sea eso lo que mejor define el fútbol que hemos construido. Primero ocurre algo extraño. Después encontramos la norma que lo permite. Finalmente dejamos de considerarlo extraño.

La Liga quiere crecer. Quiere competir con la Premier, conquistar mercados internacionales, aumentar sus ingresos audiovisuales, llenar estadios, incorporar tecnología y llevar su marca a cualquier rincón del planeta donde haya alguien dispuesto a pagar por ver un partido. Quiere ser una competición de referencia y no hay absolutamente nada malo en ello.

Al contrario.

El problema aparece cuando, en mitad de ese gigantesco escaparate, uno tiene la sensación de que hemos colocado al cliente de toda la vida detrás del almacén.

Porque alguien tiene que ir a los partidos. Alguien tiene que pedir una tarde libre en el trabajo, comprar un billete de tren, organizar un viaje o decirle a su hijo que el domingo van al fútbol. Y para hacer todo eso existe una condición bastante básica: saber cuándo y dónde juega tu equipo.

En Vallecas ni siquiera han conseguido siempre eso.

Miles de rayistas renovaron hace unas semanas sus abonos para una temporada que debía comenzar en su estadio. El jueves el Rayo jugará como local en Butarque. Los futbolistas saldrán vestidos de franjirrojo, el Rayo aparecerá primero en el marcador, sonará su himno y habrá publicidad, cámaras de televisión y noventa minutos de fútbol.

Todo indicará que juega en casa.

Salvo la casa.

Podremos discutir durante horas quién tiene la culpa. Martín Presa, la Comunidad de Madrid, las obras, los plazos, la planificación. Evidentemente hay culpables. Pero al final de todas esas discusiones siempre queda el mismo tipo esperando: el que compró el abono. El que no decidió las obras, no elaboró el calendario, no negoció los derechos de televisión y no fijó cuándo debía cerrar el mercado. El que simplemente quería ir a ver a su equipo.

El aficionado siempre termina adaptándose. Si juegan el viernes, va el viernes. Si juegan el lunes, va el lunes. Si cambian la hora, cambia sus planes. Si aplazan el partido, espera. Si su estadio está cerrado, se desplaza. Si todavía no saben dónde jugarán, vuelve a mirar el teléfono unas horas después.

Todo por el fútbol.

Quizá por eso resulte tan fácil olvidarse de él.

El maestro Azuara dejó hace muchos años una frase que explicaba determinadas cosas mejor que muchos discursos: «Entre el honor y el dinero, lo segundo es lo primero».

Han cambiado muchas cosas desde entonces. Ahora tenemos VAR, fuera de juego semiautomático, balones conectados, inteligencia artificial, fondos de inversión, plataformas digitales y partidos que pueden verse en la otra punta del planeta apenas unos segundos después de que alguien golpee una pelota en Vallecas. El fútbol nunca había sido tan moderno. Ni había generado tanto dinero.

Pero un tipo sigue sin saber con demasiada antelación qué día jugará su equipo. Otro compra un abono para un estadio en el que no puede entrar. Un futbolista puede jugar contra el mismo rival como local dos domingos consecutivos vestido con dos camisetas diferentes. Y la primera jornada de un campeonato puede terminar cuando la segunda ya pertenece casi al pasado.

Luego hablaremos de la Premier. De la marca. Del producto. De expansión internacional. De la mejor Liga del mundo.

Quizá antes convendría resolver algo bastante menos ambicioso.

Que cuando empiece la Liga, empiece la Liga.

O, por lo menos, que podamos estar seguros de que ha empezado.