← Volver Publicado en

El verano duró muy poco

Publicado el 16/08/2026

Por Iván Vargas

La temporada pasada terminó con el Rayo convertido en el equipo al que el CTA había reconocido más errores arbitrales en contra. Tres meses después, la nueva Liga apenas necesitó noventa minutos para devolver a Vallecas una sensación demasiado conocida.

Hay cosas que deberían quedarse en la temporada anterior.

Las camisetas viejas. Los fichajes que no funcionaron. Los goles que ya no sirven para nada. Las clasificaciones guardadas en alguna página de Internet. Incluso determinadas derrotas, aunque algunas tarden bastante más que otras en encontrar el camino de salida.

El arbitraje también.

Durante unos meses pensé que aquella historia había terminado. Que el verano serviría, al menos, para eso. Para cambiar el calendario, borrar la clasificación y colocar otra vez todos los casilleros a cero. Agosto tiene algo de mentira piadosa. Durante unas semanas todos volvemos a tener los mismos puntos, nadie ha perdido todavía y hasta resulta posible convencerse de que esta vez las cosas serán diferentes.

Al Rayo la ilusión le duró una jornada.

En realidad, ni eso.

Habían pasado poco más de tres minutos en el Sánchez-Pizjuán cuando Álvaro García robó una pelota que seguramente no figuraba en ninguna pizarra y marcó el primer gol del Rayo en la Liga 2026-27. Álvaro lleva tantos años haciendo cosas así que uno corre el riesgo de considerarlas normales. No lo son. Como tampoco parecía demasiado normal aquel Rayo que durante buena parte de la primera mitad jugó con la sensación de que podía marcharse al descanso con algo más que un 0-1.

Isi llegó a marcar el segundo.

Duró poco.

Un asistente vio una falta sobre Juan Iglesias y el gol desapareció. Según Iturralde González, la decisión fue correcta. Conviene decirlo. También conviene decir que unos minutos después De Burgos Bengoetxea señaló penalti de Batalla sobre Isaac Romero y tuvo que acudir al monitor para descubrir que había ocurrido exactamente al revés: era el delantero quien había cometido falta sobre el portero. El VAR corrigió el error. Para eso está.

El problema es que para entonces el partido ya empezaba a tener un aire demasiado conocido.

Después llegó otro penalti. El de Álvaro García sobre Sierra. Claro. Guridi marcó el empate. Y cuando el Rayo volvía a crecer, cuando el Sevilla se había quedado con diez y parecía que los de Beñat San José podían llevarse incluso los tres puntos, apareció el tercero.

Minuto noventa y tantos.

Robbie Ure cae junto a Lejeune.

Penalti.

Las repeticiones tampoco consiguieron resolver demasiado. Iturralde resumió la acción con una frase que probablemente explica bastante bien en qué se ha convertido el fútbol moderno: «igual sí le llega a tocar». El VAR decidió que aquello no era suficiente para mandar al árbitro al monitor. Peque marcó. 2-1. Se acabó.

Tres penaltis señalados contra el Rayo en el primer partido de Liga. Uno retirado después de que el árbitro viera en una pantalla lo que no había visto sobre el césped. Un gol anulado. Dos penaltis transformados. Y otra vez esa sensación.

La puta sensación.

Porque el problema quizá no esté en decidir si todas las acciones fueron penalti, ninguna lo fue o el gol de Isi debió subir al marcador. El problema es llegar hasta aquí.

Hace apenas tres meses terminó una temporada en la que el Rayo fue el equipo que acumuló más errores arbitrales reconocidos públicamente por el Comité Técnico de Árbitros. Seis. No según una cuenta de Twitter con una bufanda en el avatar. No según el presidente, el entrenador o el señor de la fila de atrás que lleva treinta años pensando que todos los árbitros son unos hijos de puta.

Según los propios árbitros.

El ejercicio de Tiempo de Revisión dejó después otro dato incómodo: corrigiendo únicamente aquellas decisiones reconocidas como erróneas y con influencia cuantificable en los resultados, el Rayo habría terminado la Liga con dos puntos más y habría ocupado la séptima plaza. Habría vuelto a Europa.

Nunca sabremos si eso habría sucedido realmente. El fútbol no funciona con una hoja de Excel. Expulsar a un futbolista en el minuto veinte modifica todo lo que ocurre después. Conceder un penalti cambia un partido. Anularlo también. No existe una máquina capaz de regresar al minuto anterior y jugar desde ahí una realidad alternativa.

Aunque este año, curiosamente, tendremos máquinas.

El CTA ha decidido incorporar inteligencia artificial para seleccionar las jugadas que aparecerán en Tiempo de Revisión. La tecnología escogerá las polémicas y después los humanos tratarán de explicarlas.

Vallecas esperará.

Tiene experiencia.

Esperó la temporada pasada para escuchar que Koke debió ser expulsado en el Metropolitano. Esperó para saber que aquel penalti del Pacha Espino en Vigo no había sido penalti. Esperó después del partido contra la Real Sociedad para que le explicaran que debió disponer de una pena máxima que nunca llegó y que el VAR tampoco debería haber intervenido en otra acción que acabó perjudicándole. Algunas disculpas llegaron el martes. Otras el miércoles. Los puntos nunca volvieron.

Esa es posiblemente la peor consecuencia de todo aquello.

No los puntos.

La sospecha.

Que cuando Isi marca un gol y alguien levanta la bandera ya no mires primero al futbolista. Que cuando un delantero rival cae dentro del área esperes lo peor. Que cuando aparece el rectángulo azul del VAR en la televisión tengas la extraña certeza de haber visto antes esa película.

Puede que ayer De Burgos acertara más veces de las que falló. De hecho, algunas de las decisiones más protestadas por el Rayo encuentran respaldo entre los especialistas arbitrales. Negarlo convertiría cualquier crítica en una caricatura.

Pero la confianza funciona de una manera bastante cabrona.

Cuesta años construirla y unos cuantos domingos destruirla.

Álvaro García terminó el partido hablando delante de una cámara. Había marcado el primer gol de la temporada y, sin embargo, no estaba hablando de su gol. Tampoco del estreno de Beñat San José, ni de las ocasiones del final, ni de una derrota que llegó cuando el Sevilla jugaba con diez.

Hablaba del árbitro.

«Demasiado protagonismo para el que no tiene que tener protagonismo».

Era 15 de agosto.

Jornada uno.

La Liga acababa de empezar.

Y en Vallecas ya parecía que no hubiera terminado nunca la anterior.